Carta del Decano - Un código ético para una profesión
El Col·legi aprobó en la Junta General extraordinaria celebrada en abril su Código Ético. Después de dos años de trabajo –discusiones previas, borradores, dictámenes de expertos, nuevos borradores, enmiendas y consultas a profesionales reconocidos– la Junta de Gobierno pudo presentar un proyecto de Código que mereció la confianza mayoritaria del colectivo, con más del 80% de los votos. La Comisión ha hecho un gran trabajo y las colaboraciones y críticas al texto han sido de una extraordinaria ayuda. Muchas gracias a todos.
En mi opinión, lo más importante es haber llegado al objetivo. No se trata de tener un elegante decálogo bien editado que colgará de nuestros despachos; es muy importante disponer de un texto que podamos suscribir la mayoría, aún reconociendo que en temas deontológicos es el devenir de la profesión y la propia sociedad los que a largo plazo determinarán un marco de actuación ética. El texto hubiera podido ser más largo y también más detallado. Podría haber recogido muchas más cosas, pero quizá hubiera sido redundante con las normas legales. Creemos que contiene lo esencial, la necesidad de señalar los límites entre qué consideramos ético y lo que no lo es. Hace pocos años nadie hubiera imaginado urgente esta necesidad, pero hoy lo es. Ha quedado resuelta en poco tiempo, tal como nos propusimos en nuestro Programa.
El marco social en que vivimos exige de forma apremiante a los profesionales de la comunicación comercial y corporativa un ejercicio responsable. Ningún colectivo, ninguna actividad humana, ningún interés privado, sobrevive ilimitadamente en contra o por encima del interés del conjunto de la sociedad.
En nuestro Col·legi son muy pocos los que dudan de la necesidad de tener un marco ético. Podemos preguntarnos: ¿No bastaba con cumplir la legislación vigente? La respuesta es claramente no. Porque se trata de dar una respuesta ética desde dentro de la profesión y no desde el temor al bosque legislativo en el que estamos viéndonos cada vez mas confinados. Bosque, espesa selva, la regulación legal en los distintos ámbitos, europeo, estatal, autonómico y local, amenaza a la actividad publicitaria y de relaciones públicas. Nos hostiga desde muchos puntos de vista: el de la libertad creativa, de información de productos y de elección entre marcas. Los legisladores producen legalidad, desde luego, pero no son necesariamente neutrales. Por eso tampoco aciertan siempre. Debemos expresar corporativamente nuestra opinión al respecto de la comunicación ya que nuestros intereses no han de estar reñidos con los de la sociedad, sino todo lo contrario.
Necesitamos un Código Ético porque sabemos que la autorregulación es el único camino que combina la responsabilidad con la libertad creativa y de información, básicas en nuestra profesión. Pero la autorregulación ha de estar precedida por una conciencia previa de cuáles son los límites de lo que está bien y lo que está mal desde un punto de vista de la ética profesional específica. Esta conciencia ética debe manifestarse colectivamente por escrito para que todos sepamos cuáles son los límites que hoy consideramos imprescindibles. Esto es lo que representa el Código, un texto que necesitamos para que quede claro que el respeto al mismo marcará la diferencia entre los profesionales que merecen ser considerados como tales y aquellos que se sitúan voluntariamente fuera de la ética asumida por el colectivo.
Y todavía hay un poco más. Esta línea divisoria, este Código que sólo obliga en conciencia –y por ello obliga mucho– a los profesionales, a partir de ahora también podrá ser leído por quienes tienen influencia sobre nuestro trabajo y que pueden condicionarlo: las empresas, anunciantes y clientes. Las agencias, gabinetes y medios. Los legisladores y los jueces. “Mire, eso está fuera (o dentro) de lo que permite mi Código. Déjeme respetarlo”.
Un saludo muy cordial.
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