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Al
hablar de regulación y prohibición
de la publicidad sobre el tabaco nadie se pone
de acuerdo y es que no es para menos. El tema
extiende sus tentáculos sobre intereses
muy diversos y totalmente irreconciliables y maneja
cifras grandes, muy grandes. Demos unas cuantas:
700.000 millones de pesetas recaudados por el
Estado, 150 millones de cigarrillos consumidos
al día en España, 4.700 componentes
químicos en un cigarro, de los que 43 al
menos son tóxicos, 50.000 muertes al año
en España por su causa, 700 millones de
niños fumadores pasivos en todo el mundo,
600.000 millones de pesetas que pagará
Philip Morris a un ex fumador enfermo de cáncer,
una de las mayores indemnizaciones particulares.
Los
principales intereses
enfrentados que están en liza son: el interés
público y de los sanitarios por mejorar
la salud y de gobiernos y autoridades por reducir
los efectos negativos derivados del tabaco, frente
al interés comercial de la industria tabaquera
y del transporte por producir y comercializar,
conjuntamente con el interés financiero
del Estado y Gobierno en la recaudación
de los impuestos sobre la producción, distribución
y consumo.
...y por último están los publicitarios,
aunque parezca increible y pese a estar hablando
de prohibición de publicidad del tabaco.
¿Alguien ha puesto de manifiesto sus intereses
o, más específicamente, su punto
de vista en todo esta maraña de legislaciones
superpuestas y ánimos exacerbados?
Pero vayamos al punto de partida. No deja de
ser
irónico que el Estado recaude miles de
millones al año en impuestos por el tabaco
-el 70% del precio de un paquete son impuestos
y los precios van a subir más-, después
de controlar duramente esta industria actuando
en régimen de monopolio durante décadas,
mientras aplica ahora medidas muy severas de prohibición
hacia los fumadores, sin ofrecer soluciones para
acabar con su dependencia (un 60% de los fumadores
desea dejarlo).
Es, por tanto, realmente sorprendente que a comienzos
del siglo XXI, con los tremendos avances que
estamos
presenciando en investigación y farmacología,
no se haya inventado nada realmente bueno para
dejar de fumar. Uno se sorprende cuando va a
la
farmacia, pregunta y le alargan una caja de chicles
-con los debidos respetos- de sabor horripilante,
que pican al ser tragados y que requieren, por
supuesto, ser combinados con altas dosis de fuerza
de voluntad. La realidad es que dejar de fumar
no es un negocio, al menos de momento y que fumar
es lo que da dinero y mucho.
Por tanto, abordar las leyes europeas en materia
de restricciones a la publicidad sobre el tabaco
supone enfrentar términos como: libertad
de expresión y libertad de comunicación
comercial, derechos fundamentales de la persona,
derecho a estar informado, derecho a elegir conociendo...
con otros de no menor peso como: adicción,
dependencia (con la consecuente eliminación
de la libertad para elegir), engaño, cáncer,
muerte prematura, enfisema pulmonar...
Evidentemente, el nexo de unión entre las
dos listas anteriores de enumeraciones se basa
en la presunta relación que existe entre
la publicidad del tabaco y el hábito de
fumar y aquí, de nuevo, hay opiniones
para
todos los gustos y es imposible ponerse de acuerdo.
Estudios muy serios señalan conclusiones
como que tras la prohibición de la publicidad
del tabaco en radio y TV en EEUU en 1971, el consumo
no sólo no disminuyó sino que no
dejó de aumentar. Y de estos no hay un
solo estudio sino que podríamos citar varios.
Es un secreto a voces que lo desconocido atrae
y más aún si es prohibido o censurado
y más aún si se es un adolescente.
Sin embargo, también existen investigaciones
muy serias que demuestran lo contrario, con fechas
y cifras concretas. Podemos mencionar de forma
rápida las campañas publicitarias
de los años 20 y 30 en EEUU también,
con el mensaje: Fumar les va a yudar a no subir
peso; la de los años 60 hacia mujeres y
jóvenes sugiriendo la liberalización
de las reglas sociales, las que buscaban el consumo
de las minorías étnicas con el mensaje,
Encuentra tu voz... y podríamos hablar
aquí, para el que aduzca que el producto
entonces aún no estaba maduro, del glamour
de un buen rubio americano en las manos de un
buen actor de cine negro (o de uno actual en un
thriller de los 90) y de las más que demostradas
conductas de asimilación e imitación
de arquetipos y mitos del celuloide, y de sus
usos y costumbres, por parte de los más
jóvenes.
Defendiendo ambas posturas, argumentos no nos
faltarían, de manera que vamos a optar
por renunciar a entrar en este debate. Sin embargo,
sí que podemos avanzar una pequeña
pero ilustrativa foto en movimiento de los agentes
implicados, del estado de la cuestión y
de las posibles consecuencias de una prohibición
de toda forma de publicidad, en todos los medios
publicitarios posibles, que es lo que plantea
a partir del año 2006 la directiva de la
Unión Europea en esta materia. Esta normativa
ha sido de momento paralizada debido a un recurso
interpuesto por el gobierno alemán y se
aplicará en nuestro país a través
del proyecto de ley que la ministra de Sanidad,
Celia Villalobos tiene entre manos y que establecerá
los límites a la publicidad en una línea
similar a la marcada por Europa.
Un estudio de la Asociación Española
de Agencias de Publicidad (AEAP) con la colaboración
de Estudio Legal de Comunicación de marzo
de 2000 cifra en 37.393 millones de pesetas las
pérdidas de ingresos para el sector publicitario
para el periodo 2000-2002, a lo que le unen 420
puestos de trabajo menos en el mismo periodo,
entre agencias de publicidad, empresas de publicidad
exterior y empresas dependientes. Las pérdidas
para el Estado ascenderían a 7.959 millones,
entre IVA, IRPF, SS y pago por desempleo. El impacto
directo sobre la economía global del país
para estos años, según este mismo
estudio, sería de más de 48.500
millones de pesetas.
Más concretamente, la prohibición
absoluta sobre el patrocinio deportivo llevado
a cabo por tabaqueras, se estima que afectaría
de una forma muy directa al deporte de alta competición,
a algunos eventos deportivos de importancia, e
incluso, al Plan de Apoyo al Deporte Olímpico
(ADO).
Por otra parte, la prohibición de la publicidad
del tabaco daría lugar a un mercado en
el que la diferenciación de productos se
basaría sobre todo en el precio, en el
supuesto de que las tabaqueras desviasen el ahorro
publicitario sobre el mismo. La guerra de precios
generaría una caída del precio medio,
un incremento del consumo (que el estudio citado
cifra en el 1,7%) y una caída adicional
de recaudación por parte del Estado.
Sin embargo, según otro estudio, éste
de diciembre de 1996, llevado a cabo por la International
Union against Cancer, dentro del programa sobre
Tabaco y Cáncer, en algunos de los países
cuyas sociedades se han demostrado más
democráticas y libres, tienen hoy día
la legislación más estricta en materia
de publicidad de tabaco. El estudio va todavía
más allá al afirmar que las pérdidas
para la industria publicitaria y de los medios
de comunicación tras la prohibición
de esta publicidad, fueron mínimas.
Este mismo estudio cuando oye hablar del derecho
constitucional de la libertad de expresión
que esgrime el otro lado, contrapone el derecho
internacional, según el cual se puede limitar
la libertad de expresión en materia de
salud pública.
La AEAP por su parte, y a la luz de las cifras
arrojadas por su investigación, cree que
esta ley infringe el principio de subsidiariedad,
el principio de proporcionalidad y derechos fundamentales
como la libertad de expresión y la libertad
de comunicación comercial. Aboga por la
autorregulación como el mejor sistema posible
de todos y, finalmente, se hace esta ilustrativa
pregunta: ¿deberíamos prohibir la
publicidad de los automóviles porque centenares
de miles de personas mueren o quedan mutiladas
cada año a causa de accidentes de automóvil?.
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