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LOS AÑOS DEL DISEÑO: 1931-1939
UNA DÉCADA EN QUE LA VANGUARDIA SE HIZO COTIDIANA
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Enric
Santué Llop
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En
Barcelona han decretado el 2003
«año del diseño»
y «año del deporte»
simultáneamente, siendo
la causa del primero tan accidental
como entrañable: los
cien años del Fomento
de las Artes Decorativas (FAD).
Dentro de 365 días comprobaremos
si todo concluye en un año
del diseño rimbombante
y lúdico -quasi deportivo-,
un año para el diseño
por los servicios de promoción
profesional prestados, o simplemente
un año más con
el diseño, contabilizando
como virtud su apabullante presencia.
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En todo caso 2003 no será
el único «año
del diseño» de
nuestra historia, ni por supuesto
el primero. A mi juicio, los
años verdaderamente revolucionarios
del diseño gráfico
como experimento innovador transcurren
de 1931 a 1939, grapados a la
gloriosa etapa republicana que
se propuso modernizar un país
atrasado -al que llamaban «el
farolillo rojo de Europa»-
con la democracia y la libertad
como instrumentos. El diseño
se embarcó en la operación
aplicando a la sociedad una
terapia vanguardista. Algo inaudito,
sin parangón en la historia,
hasta el punto que hoy puede
decirse que fue la única
vanguardia artística
en el mundo que en seguida gozó
del favor del público.
En efecto, dejando al margen
la que implantaron los soviéticos
como cura de urgencia tras una
sangrienta revolución,
el resto de vanguardias artísticas
europeas tuvo en su tiempo un
eco popular minoritario y elitista,
como corresponde a esos movimientos
iniciáticos. Apenas un
eco de periódico para
el futurismo, un eco de café
para el movimiento Dadá,
un eco de revista para De Stijl
o un eco escolar para la Bauhaus.
Así que, si las vanguardias
son ante todo rupturas, parece
que las más accesibles
a las masas son las que caminan
sencillamente con su tiempo.
De modo que aquellas imágenes
rupturistas ilustran a la perfección
aquello que Ortega y Gasset
llamó «un proyecto
colectivo sugestivo».
La energía positiva que
desprendió la sociedad
española fue tan intensa
que el diseño de vanguardia
manó de fuentes muchas
veces anónimas y de jóvenes
nada diestros en la profesión.
Como dice Gilles Lipotevsky
a propósito de la publicidad:
«Son los estilos de vida
y los valores que adopta la
sociedad civil aquello que transforma
la comunicación publicitaria.
La publicidad acompaña
el cambio social, pero no lo
determina.» Y cuando el
cambio social es tan potente,
la comunicación se transforma
para ponerse a su altura. Fue,
pues, un milagro sociológico
que imaginamos medianamente
bien los que vivimos la transición
española de la Dictadura
a la Democracia, así
como los barceloneses y sevillanos
que en 1992 experimentamos las
respectivas euforias colectivas
de los Juegos Olímpicos
y la Expo, con sus cien mil
voluntarios, los mismos que
durante la guerra civil se propuso
una célebre campaña
de carteles para mandar más
combatientes al frente.
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El uso cotidiano del diseño
de vanguardia
Parece ser que, a tono con el
espíritu reinante -«único
en su historia»-, las
fiestas mayores abrieron el
frasco de las esencias experimentales.
Valls editó un sello
conmemorativo desconcertante
por partida doble: por su diseño
y por surgir de una ciudad rural.
Quizá todo lo explique
el fuste de dos de sus jóvenes
conciudadanos: Robert Gerhard,
el compositor vanguardista más
importante del siglo xx español
y Pere Català Pic, el
primer fotógrafo que
se sirvió de la publicidad
para el arte fotográfico.
Esta letra N perteneció
al rótulo comercial,
no de una refinada boutique,
sino de una panadería
y pastelería de barrio
sita en la calle de Sepúlveda,
cuya extravagante modernidad
se mantuvo incólume hasta
los años ochenta en uno
de los distritos más
populares de la Ciudad Condal.
De un radical «art déco»
sin concesiones a la legibilidad
ni al nivel cultural de sus
modestísimos usuarios,
rompía estruendosamente
moldes en unos años ávidos
de modernidad.
Aún hoy, en plena fiebre
por el diseño del sábado-noche,
asombra ver esa cubierta constructivista
en blanco y negro.
Entonces era una más
de las que solicitaban a Helios
Gómez desde todos los
ángulos del periodismo
obrero, aunque su excepcionalidad
se debe a que sirvió
de cubierta de una revista de
actualidad teatral, cinematográfica
y deportiva. Una vulgar guía
del ocio que, no obstante, si
se compara con las actuales,
contradice el principio ensimismado
que vivimos la Era del Diseño.
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En
la cajetilla más popular
de la historia los
ideales colectivos quedaron plasmados
para siempre en un nombre anterior
al naming, que hoy decide la estrategia
del producto de consumo. Por su
parte, la tipografía sombreada
y el cigarrillo humeante dan fe
del vanguardismo de Carlos Vives
y de la fuerza incontestable de
la imagen: tras la guerra civil,
el azul selecto del «caldo
de gallina» -afín
al paisaje falangista- convivió
en paz con el verde barato de
los «ideales» que
fumaba la infantería obrera
y rural.
Las innovadoras letras geométricas
son el elemento formal principal
de un producto para la colada
-el «azul de la ropa»-
muy popular en la gama
higiénica del hogar, dirigido
a amas de casa marcadas culturalmente
por el analfabetismo. Sin embargo,
el diseño -digno de presidir
la cabecera de una revista cultural-
le otorga al paquete ínfulas
de contenedor de oro de 18 quilates
y no del vulgar «azulete»
para blanquear la ropa.
El afán por integrarse
a la corriente vanguardista también
quedó plasmado en esa imagen
rudimentaria. Un impresor
aragonés armado únicamente
con formas tipográficas
comunes, entonces en boga (las
piezas geométricas, en
este caso «lutos»
y filetes de diversos cuerpos),
diseñó ese ingenuo
modelo de pluma estilográfica
para anunciar un comercio local
de objetos de escritorio, en un
ejercicio conmovedor que sin duda
hubiese firmado más de
un estudiante de la escuela de
diseño Bauhaus.
Los Laboratorios Bi-Oxol lanzaron
un champú «perfecto»
que calificaron de «moderno»,
presintiendo que allí estaba,
realmente, la diferencia. Consecuentes
con el calificativo, el envase
parece diseñado por Sonia
Delaunay (la musa del purismo
que encandiló en Madrid
a aristócratas y snobs)
, aunque sólo
se trate de un humilde producto
de consumo. Por cierto, si alguien
tiene un envase de Gaudol, o una
reproducción en color,
que avise. Lo ando buscando para
ilustrar mi libro como se merece.
Otro diseño popular de
los años treinta es esa simple hoja de afeitar
que no necesitaba, objetivamente,
de una composición tipográfica
tan sofisticada. Según
nuestras coordenadas perceptivas,
esa imagen se acomodaría
mejor con una revista literaria
o la cubierta de un libro (¿qué
tal para mejorar el vulgar «bus
turístico» de nuestra
ciudad?), que con la familiar
hoja de afeitar de todos los días,
laborables y festivos.
En aquel tiempo de rosas, Josep
Sala tuvo la audacia de presentar
un número de una revista
acreditada cambiándola
de formato y con una cubierta
en blanco y negro radical, abstracta
y por más señas
con la tipografía dibujada
. Hay que añadir
que, como conexión espontánea
a la modernidad general imperante,
esa impresionante cubierta de
una publicación mensual
popular hay que contemplarla hoy,
salvando las distancias, como
si fuera una simbiosis de Interviú
y ¡Hola!
Esta ilustración pretende
convencer al lector de la elegancia
de un traje que se vendía
en la calle comercial más
popular de Barcelona (Pelayo),
aunque se trataba con un estilo
más bien contraindicado
. En efecto, para la
clientela de aquellos años-
culturalmente muy modesta- quizá
no hubiera mensaje más
atrevido, cliente más liberal
ni causa más perdida. A
pesar de todo, el comerciante
Albert y su anónimo diseñador
crearon una galería de
anuncios que piden a gritos una
exposición que le reconozca
su categoría vanguardista.
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He aquí el diseño
sin concesiones de una cubierta
de libro dedicado al sector obrero
. El éxito popular
que cosechó la edición
se alimentó, principalmente,
de marxismo, feminismo y la llamada
«vida nueva» y, en
consecuencia, de aquel conglomerado
destacaban los títulos
político-revolucionarios
y de sexualidad. Y aunque en esa
obra de Ramón Puyol el
canto a la geometría compositiva
dificulta algo la lectura, se
entiende que su alineación
con la vanguardia justificaba
todos los medios.
Para ilustrar un perfume innombrable
(Cocaína) el fotógrafo
Masana -amigo de Català
Pic y dueño de un cine
del paseo de Gracia que parecía
una bombonera, con un reloj luminoso
sobre la pantalla que registraba
la hora exacta en que Clark Gable
besaba a Joan Crawford-, manejó
las técnicas fotográficas
de última hora (reflejos,
transparencias y sobreimpresiones)
con la maestría de quien
lo ha hecho toda la vida.
Tal vez aquí la concepción
vanguardista del cartel de guerra
alcanza las cotas más altas.
El lema «Aplastemos el fascismo»
se planteó excepcionalmente
en lenguaje visual y no escrito
, y debe ser uno de
los pocos carteles de la historia
sin tipografía, si es que
hay alguno. La literalidad de
la imagen bastó para consagrar
a Català Pic como cartelista
y al cartel como el más
famoso de cuantos se hicieron
para todas las guerras, según
la extasiada apreciación
de André Malraux.
Josep Renau, siempre sorprendente
y técnicamente impecable,
ilustró los célebres
«Trece puntos de Negrín»
en una de sus claves preferidas
-el fotomontaje-, pero esta vez
de un modo conclusivo. En una síntesis admirable
de sus etapas estilísticas,
Renau simultaneó sus lenguajes
más característicos,
quién sabe si a modo de
despedida y cierre (el fotomontaje,
el aerógrafo y el dibujo),
en un conjunto épico, interclasista
e idealista que hoy se nos muestra
con toda su nostalgia.
La optimización de las
técnicas de impresión
(como el efecto de sobreimpresión
que produce aquí una simple
hoja de acetato transparente)
y la sensibilidad tipográfica,
revelan el talento con que se
planteó en tiempos de guerra
este ejemplar sumario, y no hay forma de saber si
más allá de la cubierta
firmada por Salvador Ortiga los
dibujantes tuvieron algo que ver
con el espectacular y anónimo
diseño interior de aquellas
singulares publicaciones bélicas.
Trochut pasó la guerra
dándole vueltas a un ingenioso
plan consistente en módulos
tipográficos combinables
con los que construía alfabetos,
dibujos y viñetas. Como
colofón a una década
atrevida como ninguna, en la que
los experimentos se ensayaron
con éxito asombroso en
mercados culturalmente insuficientes,
el Super Tipo Veloz
apareció como un juego
de piezas abstractas que se volvían
figurativas con suma facilidad
y que adquirieron en tromba los
pequeños impresores de
aquella España de la posguerra
tan maltrecha social y económicamente.
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La guerra de los carteles
Sorprendentemente, todo aquello
que olía a modernidad fue
asimilado por las masas populares
por ósmosis (porque «todo
el soporte popular, todo el entusiasmo
y todo el espíritu de sacrificio
se hallaban del lado republicano»
-primero en la paz, luego en la
guerra-, como señaló
Gerald Brenan en El laberinto
español) y también
por el hambre y sed de justícia
seculares, ya que se dirigía
a una audiencia inusual, analfabeta
al 50%, pero hambrienta y sedienta
de novedades revolucionarias.
Por eso, la catástrofe
de la guerra civil y la espontánea
aparición de cartelistas
extremadamente jóvenes
que llevaron a cabo una obra descomunal
y heterogénea sin precedentes
en el mundo (carteles en toda
su diversidad temática:
militar, ideológica, cultural,
económica, social, industrial
y agraria), proporcionó
una dramática oportunidad
de formar cartelistas tras un
ejercicio compulsivo, ensayado
de forma autodidacta consigna
tras consigna. En general, la
revolución del diseño
la llevó a cabo gente muy
joven: cuando la proclamación
de la República -el catorce
de abril de 1931- Fontseré
tenía quince años;
Clavé, dieciocho; Giralt-Miracle,
Ortiga y Seoane, veintiuno; Amster,
veintidós; Rawicz, veintitrés;
Puyol y Renau, veinticuatro; Crous-Vidal,
veintiocho; Sala, veintinueve.
Y los más veteranos, como
Català Pic, treinta y dos.
De modo que, ante la situación
de emergencia que instauró
la guerra civil, los nuevos cartelistas
se aprestaron a defender la causa
de la República con su
«arma» más
eficaz. Y en aquellos tres años
dieron un impulso tan decisivo
al cartelismo español que
si el gobierno legalmente constituido
hubiera ganado la guerra hoy hablaríamos
de España, sin ningún
género de dudas, como una
potencia de primerísima
fila en el concierto del diseño
gráfico internacional,
ya que allí se pusieron
las bases de una concepción
cartelística verdaderamente
genuina, con un elevadísimo
nivel creativo y técnico.
En fin, seguramente 2003 no será
el «año del diseño
de 1931 a 1939», pero quizá
sea el año que el libro
que lo reivindica vea la luz (Los
años del diseño,
1931-1939. Una década en
que la vanguardia se hizo cotidiana,
del que este artículo es
un extracto). Porque me temo que
para la entronización del
diseño de aquella época
habrá que esperar mejores
tiempos. Quizá debamos
aguardar una nueva primavera.
O esperar una exposición
consagrada a Sala -que ya va siendo
hora, aunque sin el IVAM dedicado
a estos menesteres va a ser difícil-,
o al comerciante Albert de la
calle Pelayo. O reclamar al menos
un rinconcito para todos esos
«sin techo» en el
futuro Museo del Diseño
barcelonés que se va a
levantar pronto en la plaza de
las Glorias Catalanas.
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