|
Breve
recorrido sobre la evolución de estas creaciones
hasta los años 40
Los
ilustradores de carteles cinematográficos
nunca han gozado de excesivo crédito entre
los críticos y analistas del arte gráfico.
Son pocas las ocasiones en las que esta variable
cartelística ha sido objeto de ensalzación
creativa, al menos en nuestro país. Siempre
que se habla de este medio se hace desde la vertiente
nostálgica y casi nunca creativa, salvo
contadísimas referencias a creadores de
última hornada.
Al contrario de lo que ocurre con el cartel publicitario
que sí sostiene en la actualidad
un excelente reconocimiento de amplio extracto
social, el cartel de cine ha sido reiteradamente
subvalorado, tachado de arte menor. Y es posible
que los que así le consideran tengan parte
de razón, sobretodo si se analiza desde
la vertiente generalista, o si se le compara con
lo más sobresaliente de su homónimo,
el cartel publicitario.
Mucho desconocimiento
Pero no es menos cierto que la mayoría
de esas sentencias emanan en muchas ocasiones
del más absoluto desconocimiento de lo
que el cartel de cine representó desde
los años veinte hasta los cuarenta. Desconocimiento
a todas luces disculpable, debido a la mayúscula
dificultad que entraña indagar una producción
hoy desaparecida en un altísimo porcentaje,
sobre todo aquella que tuvo que soportar el paso
aniquilador de la guerra civil y de la que presumiblemente
apenas ha perdurado un diez por ciento.
Durante las dos primeras décadas del siglo
la ilustración española se movió
en unas constantes de gran relevancia y riqueza
artística, especialmente la que tuvo como
destino el cartel publicitario. Son innumerables
los creadores pictóricos de relieve atraídos
por este medio. En la retina de todos los amantes
del cartel de esos primeros años están
grabadas muchas de las creaciones de nombres como
Alexandre de Riquer, Ramón Casas, Gaspar
Camps, Joan Llaverías, Miquel y Antoni
Utrillo, Carlos Vázquez, Francisco de Cidòn,
Llorenç Brunet, Adrià Gual, etc.
Sin embargo, al primitivo cartel de cine no le
rodaron tan bien las cosas. Hasta tal punto, que
según todos los indicios no contó
con el concurso de ninguno de los autores citados.
Ni siquiera el de Adrià Gual, siendo como
era éste un polifacético artista
que sí se prodigaría en el
cartel teatral fundador en 1913 de una de
las productoras más significativas de esos
años y con la que llegó a dirigir
varias películas.
El hermano menor
Quienes analicen este hecho desde la distancia
y superficialidad que ponen de por medio los años,
no acabarán de entender la razón
de esta discriminación artística.
ue la realidad de uno y otro
sector cartelístico fue bien distinta.
En el cartel comercial todo fueron
ventajas: se había puesto de moda años
antes de que apareciera el cine, llegándose
incluso a coleccionar. Las principales casas comerciales
lo elegían como el medio fundamental de
sus campañas publicitarias y carecía,
en general, de frenos presupuestarios hacia el
artista y hacia la impresión final, como
demuestra el hecho de que algunos carteles llegaran
a incluir en su impresión hasta doce tintas.
En definitiva, se había ganado la credibilidad,
incluso como obra de arte, tanto para los artistas,
como para los empresarios y los destinatarios
finales.
La causa principal de tan envidiable situación
radicaba, sin lugar a dudas, en la corriente de
gran permisividad creativa que había labrado
como medio de expresión. Esa libertad artística
fue la causante de la progresiva afluencia al
mismo de los mejores nombres del arte ilustrativo
de nuestro país.
Primeras películas
Por contra, el cartel de cine de los inicios no
contó con ni una sola circunstancia propiciatoria,
aunque, en realidad, todas las vicisitudes por
las que pasó fueron siempre consecuencia
de la endeblez económica y técnica
de nuestro cine. Hasta la aparición de
los primeros largometrajes, al inicio de los años
diez, era impensable que a alguien se le ocurriera
diseñar cartel cromolitográfico
alguno. Las películas, de escaso metraje,
eran proyectadas en sesiones en las que a veces
se apiñaban una decena de títulos,
hecho que sin duda impedía personalizar
el cartel en una sola película. Tampoco
la distribución alcanzaba radios excesivamente
amplios, que fuesen mucho mas allá del
ámbito local. La producción española
carecía de infraestructura y las escasas
películas que se llevaban a cabo fruto
siempre de la iniciativa privada manejaban
tan escasos recursos económicos que a duras
penas lograban llegar al final del rodaje.
En esas circunstancias, a muy pocos productores
se les ocurría poner sus miras en el cartel
litográfico. Y menos aún, en alguno
de los ilustres creadores del otro cartel, el
publicitario. Salvo meritorias excepciones, que
las hubo, la práctica habitual era la confección
de pasquines de carácter tipográfico,
algunos de los cuales solían incluir una
o varias fotografías en monocolor con escenas
de la película.
Los años veinte
A mediados de los años veinte las productoras
y distribuidoras españolas parecen tomar
conciencia de la importancia del cartel en los
resultados de taquilla. Ese convencimiento les
lleva a poner en liza una de las vías de
creación más populares y que mejores
resultados había dado al cartel publicitario
desde principios de siglo: el concurso.
Esta iniciativa propicia que un alto número
de insignes creadores de la cartelística
e ilustración española se decidan
a participar de ella en busca de los ansiados
premios que plantea. Entre los autores que se
acercan al medio cabe destacar a Rafael de Penagos,
Salvador Bartolozzi, León Astruc, Roberto
Domingo, Roberto Baldrich y Federico Ribas, entre
otros.
Pero la admirable aportación de estos hombres
al cartel de cine tan sólo será
un canto de sirena. La opuesta concepción
que tienen del cartel unos y otros productores
e ilustradores, acabará por mandar
al traste la aventura cinematográfica de
estos maestros de la ilustración. Los autores
estaban acostumbrados a trabajar el otro cartel,
el publicitario, con mayor libertad creativa de
la que normalmente se daba en el cine. Mientras,
las exigencias de éste les obligaba a elaborar
bajo encorsetadas reglas que no eran otras que
las de trasladar al cartel partiendo de
una fotografía una de las escenas
más importantes de la película,
sin mayor concesión al simbolismo ni a
la metáfora. Lo que podía haber
sido un legado cultural de gran riqueza y significación,
tanto en la parte gráfica como en la cinematográfica,
un maravilloso y
efímero intento.
Pero aún así, la década de
los años veinte fue sin duda la de mayor
esplendor artístico: el liberalismo creativo
que se dio en esos años en la concepción
de algunos carteles de producción autóctona,
no tuvo parangón en ninguna otra etapa
del cartelismo cinematográfico español.
No se puede hablar de escuelas ni de modas. Nadie
de los grandes siguió a nadie. Cada creador
trató de imponer su estilo, su trazo, aunque
como hemos dicho, su ensoñadora aportación
al cine tuviera un repentino despertar.
Una década después
Poco a poco, y salvo contadas excepciones, la
industria del cine va imponiendo definitivamente
las reglas estilísticas y compositivas
del cartel. El discurso de éste se hace
más uniforme, en beneficio de la base argumental
del film y/o de la figura del actor, que, por
cierto, ya goza de la categoría de estrella.
Al mismo tiempo, ciertas productoras entre
las que cabe destacar a Metro, Paramount y Fox
tratan de personalizar sus creaciones dotándolas
de códigos gráficos que les permitan
diferenciarse entre sí, aunque siempre
dentro de la estandarización conceptual
comentada en la parcela del mensaje.
Ello les obliga a escudriñar el mercado
en busca de autores gráficos de garantizada
personalidad. Dos de los más destacados
serán los catalanes Martí Bas y
Josep Morell, autor éste último
que mantendrá un enconado pulso con los
departamentos de publicidad de las productoras
para las que trabaja, tratando de imponer su especial
interpretación simbólica. Otros
autores sobresalientes de esos años serán
Carrilero Abad, Pedraza Blanco, Paco Rivera, José
Solé, Larraya etc.
Renau pionero
La aparición de Cifesa, primero como distribuidora
(1932) y algo más tarde como productora
(1934), marcará un antes y un después
en el devenir cartelístico autóctono.
Desde un primer momento la compañía
valenciana, que se muestra ambiciosa y con sólidos
criterios empresariales, trata de imitar el modo
de hacer de los grandes estudios americanos y
acapara para sus producciones a las principales
figuras nacionales de la escena, tanto en el campo
de la dirección como en el de la interpretación.
Ese espíritu le hace asimismo
valorar seriamente todo lo relativo a la promoción
publicitaria de sus películas. La firma
de Josep Renau no tardará en hacer su aparición
como máximo exponente gráfico en
los primeros carteles que edita la compañía,
señal inequívoca del talante progresista
de ésta. El atrevimiento formal de Renau,
que por ese tiempo era ya un claro referente
vanguardista de tendencia constructivista,
se dejó ver en una veintena de magníficas
creaciones, todas ellas en la primera mitad de
los años treinta. El estallido de la guerra
civil y la militáncia comunista de Renau
le obligará finalmente a emigrar a México,
país al que dedicará el grueso de
su obra cinematográfica.
Las metáforas de Herreros
Junto a Renau, cabe destacar a otro genial y polifacético
artista, Enrique Herreros, el hombre sobre el
que recayó la tarea de dirigir el departamento
de publicidad de la productora y distribuidora
española Filmófono. Fue un cargo
de privilegio que le permitió abordar sus
creaciones dando rienda suelta a su extraordinario
talante metafórico y compositivo. El trazo
de Herreros, de excepcional dinamismo, alternó
la simbología y la caricatura de manera
sabia, dejando una huella imborrable en toda una
generación de futuros humoristas gráficos.
Pero el referente creativo de los futuros cartelistas
españoles será Renau: su visión
transgresora del diseño y su particulares
y angulosas composiciones aereográficas
tuvieron largo alcance en el panorama cartelístico
español.
El otro gran autor de esos años sería
el catalán Josep Soligó, aunque
su máxima personalidad expresiva la alcanza
en las dos décadas posteriores. Soligóeacute;n se inicia en el cartel tratando
de mostrar en cada trabajo su especial visión
interpretativa de los elementos del film. Pero
pronto será conducido hacia el terreno
gráfico que Fox -la productora para la
que trabajo durante veinticinco años-le
dicta. No obstante Soligó no renunciará
a proyectar su incomparable visión del
cartel, su lenguaje expresivo. Entre sus rasgos
más característicos hay que destacar
el tratamiento.
LLega la guerra
Lo que vino a continuación será
la guerra civil, y con ella el oscurecimiento
del sector, incluido el de la pantalla. En ese
paréntesis la producción española
será casi inexistente, y la foránea
se verá sensiblemente mermada. El cine
que produjo o importó uno y otro bando
durante los tres años de contienda, fue
en su mayoría un cine propagandista, concebido
para ser utilizado como portavoz de ideales. La
mayor parte de esos carteles fueron realizados
por artistas comprometidos con uno u otro bando,
que en su mayoría poco habían tenido
que ver anteriormente con el sector, salvo casos
aislados como el de Josep Renau.
Pasada la contienda civil nuevos nombres vendrían
a iluminar con sus carteles las fachadas y las
almas de cines y gentes: Olcina, Raga o Ramón
firmó de dos maneras, Piñana,
López Reiz, Chapí, Moscardó,
José María, MCP, Grau Solís,
Llo/an... A estos nombres se unirían poco
tiempo después los de Jano, Mac, Albericio,
Montalbán, etc. Artistas todos ellos que
nunca gozaron de excesivo crédito artístico,
pero a los que sin duda el cine les debe una parte
importante de su latente eternidad. Pero eso es
otra historia.
|