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Una
gran parte de la publicidad
que producimos y consumimos
trata del cambio. Bien es cierto
que los publicitarios nos afanamos
en el empeño de conseguir
fieles para las marcas. Para
los productos concretos es cada
vez más difícil
porque -con excepciones importantes-
son los mismos productos los
que cambian. Y si no lo hacen,
los mensajes son los obligados
a cambiar para que los fieles
no se aburran y se repita la
magia de "la primera vez".
Y para que los nuevos consumidores
entren al trapo y consideren
con justicia que es a ellos
a quienes se les hace héroes
y protagonistas de las historias
de consumo que utilizamos para
conectar. Si echáramos
cuentas yo diría que
se nos requiere mucho más
para modificar conductas que
para reforzarlas, para mover
voluntades que para predicar
ese "sostenello y no enmendallo"
que volvería odioso lo
anunciado en dos patadas, dado
que el efecto repetición,
y a él estamos obligados,
ya desgasta lo suyo. Acéptese
pues que la publicidad es un
agente que constantemente produce
artefactos a favor del cambio
y si no los produce lo intenta.
Con ello, tal vez podamos asumir
aunque sea como licencia poética
que estamos cerca de ser los
paladines de ese "perpetuum
mobile" que tantos quebraderos
de cabeza proporcionó
históricamente a los
inventores de trastos y a los
físicos teóricos.
O sea, que somos algo así
como los alegres y despreocupados
inductores de la revolución
permanente.
Leo en un libro que se las trae
(1) esta interesante reflexión:
"En cualquier revolución,
sea de carácter político-social,
artístico o literario,
siempre intervienen dos tendencias.
De un lado, está la voluntad
de lo completamente nuevo, donde
el énfasis se pone con
ahínco en la oposición
a todo lo vigente hasta el momento;
de otro, la necesidad de establecer
un nexo con el pasado, de contar
con una tradición justificante:
en este caso, no se es del todo
nuevo, se regresa a aquello
contra lo cual pecó la
época que debe ser superada,
se vuelve a la humanidad, a
la nación o la moralidad,
a la verdadera esencia del arte,
etc."
Ya ve el lector el dilema y
la complejidad con que se encuentran
los empresarios imaginando el
futuro de sus portafolios de
productos, los equipos creativos
en sus mesas de trabajo y los
jurados en los festivales.
Ahora bien. ¿Es tan cierto
como se predica que para saltarse
las reglas primero hay que conocerlas
y que los grandes transformadores
y revolucionarios, hayan sido
del palo que hayan sido, pintores,
músicos o políticos,
lo bueno es que hayan pasado
antes por la Academia? Hombre,
siempre hay casos de herencia
genética y de sorprendente
capacidad osmótica para
asumir la Academia sin pasar
por ella. Un ejemplo extremo
me parece a mi el que suministra
el aprendizaje de las lenguas
en la infancia, algo de lo que
Chomsky ha dado sesudas y fascinantes
explicaciones. A su teoría
de las pautas innatas de aprendizaje
habría que añadir
ahora las correspondientes a
la gramática del mundo
digital. ¿Por qué
cualquier mocoso mata muchos
más marcianos que yo
en su videojuego de bolsillo
o aprende antes no sólo
el ruso sino también
el Photoshop?
Para aquellos que, sin renunciar
a surfear todo lo que haga falta
en las olas de la modernidad
encontramos en los clásicos
no sólo un descanso y
un respiro, sino la certeza
de que el futuro se repite con
más frecuencia de lo
que parece, volver de vez en
cuando la vista hacia nuestros
clásicos y escuchar lo
que tenían que decir
puede dar, curiosamente, más
impulso que refugio. Eso es
lo que me pasa a mí cuando
haciendo caso a algunos que
me llevan una cierta delantera
en el oficio publicitario, leo
páginas ya leídas
y releídas como las de
los dos libros que nos han llegado
de Claude C. Hopkins, uno de
nuestros héroes fundacionales,
1866-1932, y escocés
de sangre en América,
como otro clásico entre
los clásicos, David Ogilvy.
El lector permitirá que
le deje con unas cuantas citas
suyas (2), resultado de un reciente
y ocasional repaso:
"El publicitario estudia
al consumidor. Intenta ponerse
a si mismo en la posición
de comprador. Su éxito
depende sobre todo de hacer
eso con exclusión de
todo lo demás."
"En cuanto a mi padre,
de él aprendí
lo que es pobreza. Y esa enseñanza
fue una bendición para
mi. Mi padre era hijo de un
clérigo y durante varias
generaciones hubo clérigos
entre sus antepasados; todos
educados y alimentados en lo
que constituyó su estado
natural: la pobreza.
Y yo debo mucho a su condición.
Toda la gente de la cual aprendí
tanto
y que tan bién conocí,
fueron después los que
compraron lo que yo anunciaba,
mis consumidores. Por eso sé
que cuando les hablo a través
de
los periódicos o directamente,
me reconocen, me aceptan como
uno de
los suyos.
Sé que no puedo impactar
a los ricos; no los conozco.
No me interesa vender lo que
ellos compran. Sé que
fracasaría si intentase
vender un Rolls.
La casa Tiffany o los pianos
Steinway, porque no conozco
las reacciones de los ricos.
En cambio sé como piensa
y siente la gente del pueblo".
"No creo que seamos capaces
de medir los deseos y las posibilidades
de los demás. Todos conocemos
a personas con un carácter
muy débil a las que unas
palabras desalentadoras pueden,
en algunos momentos, cambiar
toda su vida. Entonces el que
dice esa palabra de alguna manera
carga con una grave responsabilidad.
Y yo no quiero ser responsable
de nada parecido. La publicidad
puede enseñarnos todo
lo que podemos equivocarnos,
incluso en la ocasión
en que más nos parezca
que estamos poseídos
de la verdad".
"El estilo, si se exagera
acaba estorbando. Cualquier
cosa que distraiga la atención
del propio objeto de la venta
reduce la imagen y puede inducir
a la sospecha de que el objeto
en sí no merece la pena.
Muy posiblemente acabaremos
obteniendo del lector comentarios
como éste: 'Fíjate
que anuncio tan bonito. La ilustración
es preciosa'. O quizás:
'La foto es una maravilla'.
Todo esto acaba impidiendo que
el lector sea impactado por
lo que en el fondo estamos intentando
que capte. Y que el anuncio
le haya hecho el efecto para
el que había sido, en
definitiva, publicado. Como
es lógico, todos nos
ponemos en guardia cuando alguien
llega hasta nosotros con la
clara intención de sacarnos
dinero (
) Solamente tocando
la fibra más sensible
del comprador podremos hacer
que se mueva en el sentido que
deseamos. Precisamente por esto
es por lo que creo que tantos
y tantos anuncios 'finos' no
producen el menor efecto y se
quedan en agua de borrajas.
El público, el consumidor
está ya muy escarmentado
y no se deja ya convencer por
estos argumentos".
"Ante argumentos persuasivos
que ostenten demasiada habilidad,
el público se retrae
porque teme ser engañado.
Todo cuanto sugiere un esfuerzo
para vender sobre una base que
no sea la propia validez del
producto y el deseo de dar un
servicio, es fatal. La actitud
debe ser natural y sencilla.
El lenguaje conciso y nada presuntuoso.
La obtención de un cliente
puede compararse a la pesca
de la trucha: nunca debe enseñarse
el anzuelo.
No hay que presumir nunca. Cuando
se vende un producto, no es
uno mismo lo que se vende."
"Nadie, ni en publicidad
ni en cualquier otra actividad,
puede consentir que se violen
sus propios principios. Si lo
que hace es llegar a 'arreglos'
por dinero, está completamente
perdido. Su éxito tal
vez no lo esté; pero
él mismo, como profesional
y como artista, sí".
"Para ser un publicitario
perfectamente formado, apenas
tenemos tiempo con toda una
vida".
"Lo que usted sabría
vender de forma personal también
sabrá venderlo a través
de la prensa".
"Jactarse de algo siempre
resulta antipático".
"En publicidad no debería
tener cabida ni la frivolidad,
ni el humorismo. Gastar dinero
debe contemplarse siempre como
una cosa seria. Me refiero,
no a los anuncios de diversiones,
pero sí a todos los demás.
No debemos olvidar que el dinero
significa trabajo, vida, y,
por lo tanto se le respeta mucho.
La mayoría de la gente
cuando gasta por una parte se
ve en la necesidad de ahorrar
por otra. Normalmente el objetivo
final de un acto es cubrir una
necesidad. (
) Ningún
publicitario que tenga un conocimiento
profundo del consumidor le tratará
nunca a la ligera. (
)
La mayoría de la gente
se encuentra siempre haciendo
equilibrios debido a la insuficiencia
de su
presupuesto. Tratar de vender
de una forma frívola
no suele dar ningún
resultado".
"Es indudable que la gente
busca felicidad, seguridad,
belleza y satisfacciones".
"En una campaña
muy amplia tenemos la tendencia
a considerar la gente como masa.
Tratamos de sembrar con la esperanza
de que alguna dé su fruto.
Esto es demasiado amplio para
obtener un beneficio. Debemos
bajar a las individualidades.
Tratar a la gente en publicidad
como las tratamos en persona.
Centrarnos en sus deseos. Tener
en cuenta a la persona que está
frente a uno expresando ciertos
deseos. Por grande que sea su
negocio, descienda a los individuos;
ellos constituyen el total del
mercado".
"Allí donde el ahorro
es una necesidad, la mayoría
de la gente prefiere desafiarle.
Recuerdo que cuando las camisas
de seda costaban 15 dólares,
su uso se generalizó
tanto entre la gente trabajadora,
que las clases más elevadas
volvieron al algodón.
Cualquier empleada utiliza medias
de seda.
Por experiencia en artículos
de perfumería sé
que las cremas y los perfumes
más baratos no atraen
a las chicas que deberían
apreciar su bajo costo, y, por
lo tanto, el ahorro. Este tipo
de chicas suele querer para
ellas lo mismo que creen que
utilizan las señoras
de la buena sociedad".
"A la mayoría de
las teorías sobre publicidad,
no les tengo respeto por no
haber sido contrastadas".
"Hay quien presentará
su tema tratando de halagar
y otros lo harán tratando
de humillar. Unos harán
una publicidad interesada, mientras
que otros ofrecerán un
servicio. Unos tratan de vender
y otros de complacer. Es indudable
que estas diferentes actitudes
contribuyen a cambiar la disposición
del público, y, eventualmente,
a que este público tome
una decisión. Psicológicamente
se puede ir aún más
lejos, porque la psicología
reconoce el orgullo y la individualidad.
Hay que saber cómo apelar
a estos deseos. Pero son cosas
realmente difíciles de
enseñar. Llegan a través
del instinto, del amor, de mucha
comprensión, del deseo
de complacer y de servir.
Nadie que no esté en
armonía con sus semejantes
puede aprender esto".
Con los clásicos
pasa como con los caleidoscopios.
Que según pones el ojo
ves unas cosas u otras. Según
el humor, el momento, la época
o lo que te ha pasado en el
metro esta misma mañana,
se te revela un aspecto u otro
de lo escrito y nunca te deja
indiferente, no importa cuán
desactualizados puedan estar
algunos consejos o afirmaciones
vertidos entre tanto saber y
entre tanto haber vivido. Desentrañar
el misterio de esas fuentes
de energía inagotables
que son los clásicos,
parece tarea inabarcable y a
ello se aplican laboriosas mentes
lúcidas de aquí
y de allá. Yo ya he sacado
más de una vez a relucir
un par de citas que me gustan
mucho a propósito de
Shakespeare y lo voy a hacer
de nuevo. Obsérvese que
la música de Hopkins
y la que late en estas frases
trenzan una misma sintonía:
"Borges atribuyó
el carácter de Shakespeare
a su evidente falta de egoísmo,
pero esta cualidad no es más
que una metáfora para
indicar lo que realmente distingue
a Shakespeare, que es, en definitiva,
una tremenda capacidad de comprensión".
(Harold Bloom)
"Este es pues el mérito
de Shakespeare: que sus dramas
son el espejo de la vida; que
aquel cuya mente ha quedado
enmarañada siguiendo
a los fantasmas alzados ante
él por otros escritores,
puede curarse de sus éxtasis
delirantes leyendo sentimientos
humanos en lenguaje humano,
mediante escenas que permitirían
a un ermitaño hacerse
una opinión de los asuntos
del mundo y a un confesor predecir
el curso de las pasiones".
(Samuel Jhonson)
Fascinante. Para mí que
estas citas aclaran algo de
eso que Gabriel Celaya decía
de la poesía y que yo
hábilmente, haciendo
cortipegui, he traspasado al
título de estas líneas
para recomendar lo de siempre:
sacar del rincón a los
clásicos, incluso en
nuestra profesión, obligado
laboratorio del cambio, tantas
veces feudo destroyer, que de
destroyer puede tener todo lo
que haga falta, pero de feudo
no debería tener lo que
se dice nada.
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